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Inundaciones por cuatro gotas

noviembre 22, 2011

Inundaciones por cuatro gotas

Versión original y extendida del artículo publicado el 19/11/2011 por David Saez en el diario ARA (originalmente en catalán)

Una directiva europea aprobada en el año 2000, conocida como Directiva Marco del Agua, trae en jaque desde hace años a los organismos responsables de la gestión y planificación del agua de buena parte de Europa. Esta norma sitúa en un mismo plano de importancia, por primera vez, el valor ambiental del agua y su valor como recurso esencial para las personas. La idea básica es que tal como van las cosas, la única garantía de futuro para contar con agua en cantidad y calidad suficiente para nuestras necesidades es mediante la preservación del medio natural acuático en buen estado.

Bajo el paraguas de la Directiva Marco, la UE ha aprobado en la última década varias normas complementarias que desarrollan aspectos concretos relacionados con el agua, siempre en sintonía con el espíritu de la norma madre. Una de ellas es la Directiva de inundaciones, que obliga a revisar las estrategias a seguir en relación al riesgo asociado a estos fenómenos. Se trata de evitar o minimizar los daños que producen las inundaciones y hacerlo, además, de manera respetuosa con el medio natural. En nuestra región, donde las crecidas de ríos y arroyos son frecuentes y repentinas, y donde la presión humana sobre el territorio es muy elevada, no parece un reto sencillo.

La gestión del riesgo

La ocupación humana de las zonas inundables viene de lejos. El dominio de la ingeniería ha permitido mejorar la protección ante la acción del agua, pero lejos de destinarla a disminuir el riesgo, hemos tomado esta protección como una licencia para intensificar la ocupación desmesurada de estos espacios. El resultado es que hoy por hoy no hace falta que caiga un gran aguacero para que suframos daños por una inundación. Hasta el punto de que las inundaciones son el fenómeno natural con un mayor impacto económico en Cataluña.

Para hacerle frente se presentan, lisa y llanamente, dos posibles estrategias, con todo un gradiente entre medias.

La primera es tratar de evitar las inundaciones. Esto pasa por seguir estrechando el espacio de los ríos mediante la construcción generalizada de estructuras de defensa para la protección de los usos y las actividades humanas. Convertimos los ríos en canales dimensionados para absorber las máximas caídas previstas y así evitamos problemas. Ha sido el modelo de gestión preponderante hasta ahora. Pero además de derivar en una mayor presión humana sobre las zonas inundables, y por tanto en un aumento de la vulnerabilidad, conlleva elevados costes ambientales, incompatibles con el nuevo marco normativo y con la demanda social de un entorno natural de calidad.

La segunda estrategia consiste en dejar que las inundaciones tengan lugar, centrando el esfuerzo en evitar que causen daños. Esto exige reducir la actividad humana en el espacio fluvial y en todo caso adaptarla al régimen de crecidas del río. Suena bien, pero a menudo es inviable. Pongamos por caso el Baix Llobregat. ¿Podemos eliminar los muros que encajonan el río y prescindir del cúmulo de infraestructuras y actividades logísticas – puerto y aeropuerto incluidos – implantadas en lo que de forma natural sería zona inundable? Es evidente que no.

Hay que encontrar, pues, un punto de equilibrio. La línea técnica con que se trabaja desde la Agencia Catalana del Agua propone limitar las actuaciones de protección en zonas donde las crecidas suponen la inundación de grandes áreas de territorio o donde la existencia de usos estratégicos o fuertemente consolidadas las hacen imprescindibles. Fuera de estos casos, y como norma general, debe primar la prevención, y eso quiere decir devolver gradualmente al río su espacio.

Parece una opción razonable. Queda por ver hasta qué punto la valentía política y los intereses económicos permitirán que esta propuesta, técnicamente coherente y bien fundamentada, haga el difícil salto que va de los despachos a la implantación real y efectiva en el territorio.

Columna al margen

El espacio fluvial: hasta dónde llegan los ríos

Amplitud del espacio fluvial

El concepto de río, bien definido en el imaginario colectivo, es impreciso a la hora de establecer los límites laterales. La mayoría asociamos la anchura de un río en la corriente de agua. Pero nos quedamos cortos. Los técnicos hablan de espacio fluvial, entendido como todo aquel ámbito donde las características físicas y biológicas dominantes dependen o son resultado de la presencia y la acción del río. Este ámbito incluye, además del cauce, las orillas, riberas y las llanuras de inundación. Dentro del espacio fluvial es el río que manda y, a la larga, quien tiene las de ganar. Y a nosotros nos toca adaptarnos. Esto no quiere decir que no podamos hacer nada. Simplemente tenemos que conocer el riesgo al que nos exponemos, y gestionarlo de forma adecuada.

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